Vida

Vida breveEl arte de recordar

...pero nada; ni siquiera tuve hijos

En aquel entonces me imaginaba el porvenir como algo preciso que nada había de cambiar.

Pero de pronto todo cambió. No sucedió nada de lo previsto. Pereció integro el paisaje de la patria. Años más tarde fallecieron los padres y uno tras otro, años después comenzaron a morir repentinamente varios amigos entrañables. La muchacha de toda la vida sufrió para morir poco a poco una enfermedad grave que no tuvo cura.

¿Qué va a hacer ahora?, me preguntaban mis amigos. Viajar, para no fundirme en la suprema soledad; vivir. Cómo habría sido mi vida si todo hubiese continuado como parecía que había de continuar mis años de niña: los padres vivos para siempre, las navidades cargadas de regalos, casada con un buen muchacho, pero nada, nada de eso había sucedido. Ni siquiera tuve hijos.

Es una nueva visión del tiempo y de la vida que lentamente ha ido transformándose y a lo mejor opacándose como el día que llega a su ocaso. Pasó el tiempo, y para acortar la distancia que me separa de la juventud he comenzado a escribir mis memorias. El tiempo constituye por excelencia la materia prima de la que están hechas las memorias y en términos un tanto simplificados las autobiografías se definen como ?el arte de recordar?.

Como mi madre era una gran admiradora de la Santa de Avila y de San Juan de la Cruz me mandó a España durante la guerra mundial para que estuviera a salvo de los bombardeos de Berlín, donde mis padres presenciaron la estruendosa caída de los colosos de pies de barro, llamado el Tercer Reich.

Desde muy temprana edad he desarrollado una conciencia crítica y dudaba que después de la guerra las fronteras de Europa seguirían siendo las mismas, como las que nos obligaban a aprender y dibujar las monjas de mi colegio madrileño. Nada quedó en su sitio después de la guerra. Las fronteras cambiaron de lugar, los países cambiaron de nombre y los hombres de camisa. Con el correr se volvieron demócratas sobre las tumbas colectivas de sus víctimas.

Tras el bachillerato adquirido en España decidí aprender periodismo para viajar como corresponsal de prensa a diferentes países y sobrevolar los océanos. Siempre me había gustado escribir, viajar y relacionarme con gente nueva o conocer ambientes exóticos. Me sentía mal en el ambiente habitual, común, enrarecido de mucha mediocridad, de ambiciones fallidas.

¿Qué quedaba de todo aquello en que cifraba veinte años atrás la razón de mi vida? ¿A dónde habían ido para mis proyectos briosos de jovencita y encontrar algo como un gran amor? Trabajosamente cuidaba a mis padres viejos y escribía mis crónicas para algunos periódicos americanos y europeos. Lo que había sido presente se transformaba en el recuerdo.

Hoy estuve leyendo las etiquetas de viajes en avión y hoteles de Europa sobre mis maletas. ¿Es posible que en medio del hastío de todo ya no me quedaban ganas ni de viajar?

¿Qué queda del pasado del hombre sobre la tierra sino ruinas y polvo y una oscura memoria…

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