Como parte de las actividades de la Filgua, Asturias Amado compartió un conversatorio con alumnas de un colegio que visitó la feria. Al terminar, conversó con Prensa Libre y nos contó cuatro anécdotas sobre su padre.
Compartía sus novelas
Asturias vivía en un mundo mágico y creativo. A la hora de la cena compartía sus obras con la familia. Asturias Amado recuerda que su padre les contaba lo que había escrito ese día. En cada comida les narraba las novedades de la historia. “Nos contaba de sus capítulos, e incluso se ponía triste muchas veces porque tenía que morir un personaje de su obra. Nos decía que lo iba a hacer vivir dos o tres páginas más”, dijo Amado.
Malo para los juegos
Como todo niño, los trompos y juegos eran una fascinación para Asturias Amado, así como la oportunidad de retar en duelo a los mayores u otros amiguitos. Para Asturias Amado, era la oportunidad perfecta para ganarle a su padre. “Era muy inútil en los jax; yo bailaba bien el trompo, jugaba al capirucho bien, y él quería aprender, pero le costaba mucho, entonces siempre le ganaba. Me daba el gusto siempre de ganarle”, recordó.
Le encantaban los dulces
Es sabido que el premio Nobel tenía una debilidad por el dulce. “Para nosotros los sonidos, las comidas, los sabores y olores de Guatemala están dentro de nuestra piel. No sé si todavía existen las bolitas de miel, pero a él le encantaban. Yo cada tanto le robaba bolitas y él comenzaba a buscarme como loco, porque sabía que había sido yo el que las había robado. Me decía: ‘¡dámela, dámela!’. Como un chico peleaba conmigo por la bolita”, dijo entre risas Amado.
Tiempo de calidad
Por el exilio, Asturias vivió mucho tiempo separado de sus hijos, pero el tiempo que tuvieron juntos marcó la vida de ellos.
“Cuando viví con él en Buenos Aires, en el exilio, en mi tiempo libre yo “le pasé en limpio” El Alhajadito. Trabajábamos juntos, yo estaba en la máquina de escribir y él corregía y hacía modificaciones. Mientras escribíamos El Alhajadito él me llevó Los cuentos del Cuyito, las cartas que yo no conocía, que las escribió a mis 5 años y me las dio cuando yo tenía 18; me las regaló y todavía las conservo”, mencionó Amado con mucha ternura y profunda admiración por su padre.