RINCÓN DE PETUL

Del entusiasmo al desinterés, pasó una desilusión

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Sucede cada cuatro años, lo podemos anticipar. El ciclo gubernamental ha de reiniciarse y la vía consensuada se llama democracia. Harta de las dictaduras y de los crímenes del siglo XX, Guatemala optó en su Constitución última por las alternativas que protegieran más robustamente los principios de la modernidad. Una visión de país más civil, más laico, más representativo, valoró la alternabilidad en el poder y la no reelección de los más altos funcionarios. Se exaltó aquel sistema que, en papel, hermosamente deposita el poder político en las manos de la gente. La democracia, el poder del pueblo, en supuesto contraste a los Estados donde sus mandos y autoridad están retenidos por interés particular. Con el bien común como ideal, se trabaja bajo la premisa de que ese pueblo, representado por su mayoría, designará a quien ha de velar por sus más importantes intereses públicos y compartidos.

' ¿Cuál es el rol más digno de un ciudadano consciente ante un sistema impostor?

Pedro Pablo Solares

Mi generación creció en un ambiente de muertos políticos, de exilados y de poblaciones desplazadas. Inevitablemente, somos los hijos del terror, a quienes aquel movimiento pacificador y democratizador nos cautivó. Y lo hizo, además, con un romanticismo, que quizás solo es tan posible en las edades más tempranas. Pero luego, la expectativa por esa idea de país progresivamente se fue aniquilando, despiadadamente, descaradamente, vulgarmente. Vimos al primer presidente constitucional alzarse por la euforia de las masas, solo para que siguieran 5 años de titulares sobre descaro, despilfarro y derroche. Luego, la flama democrática nuevamente ardió cuando, en 1993, el orden constitucional fue violentado. Pero, desde entonces, una larga fila dominada por corruptos y criminales intereses, han resultado no solo en el poder político, sino, además, en el control de aquella ilusión, que ya no parece existir.

Este fin de semana, nuevamente inició un nuevo proceso electoral que culminará con las elecciones generales en junio. El órgano electoral hizo la convocatoria de rutina en el gran teatro, y un día después, todos los partidos políticos y sus esperados aspirantes hicieron fila para inscribirse oficialmente ante el registro correspondiente. Dicen que hubo fiesta en las aceras frente al Palacio Yurrita, del tribunal electoral. Pero la algarabía solo se vivió en ese lugar, y en el entusiasmo de estos que pretenden esas altas magistraturas de elección popular. Mas el pueblo no participó. Ninguno de los pretendientes llegó empujado por movimiento popular alguno. Parece ser tan grave el deterioro de la democracia guatemalteca que, aquel entusiasmo esperado de un pueblo ya ni siquiera está presente para oponerse o para reclamar de quienes usurpan el poder público cada vez de forma más atrevida.

¿Cuál es el rol más digno de un ciudadano consciente ante un sistema impostor? Hijos del miedo y testigos de la innegable degradación, hoy sabemos que no tenemos credibilidad alguna hacia el sistema político democrático guatemalteco. Entendemos que está usurpado y que esa captura ha sido realizada con la meticulosidad, el cuidado y la astucia estratégica que solo grandes capitales pueden financiar. Los actos contra el orden político formalmente establecido están tipificados como delitos por la ley penal. Y un alzamiento es, tanto perseguido, como, además, cercano a aquella violencia que quisiéramos olvidar. ¿Qué opciones tiene entonces un ciudadano en esta Guatemala? Parece que la mayoría ha optado por una inactividad complaciente. Viene de nuevo una elección en Guatemala, y nada de lo que pase, nada de lo que digan en él, me genera mayor interés. Creo no estar solo en este pensamiento.

ESCRITO POR:

Pedro Pablo Solares

Especialista en migración de guatemaltecos en Estados Unidos. Creador de redes de contacto con comunidades migrantes, asesor para proyectos de aplicación pública y privada. Abogado de formación.