“Ayudando
somos mejores seres humanos”
Su liderazgo como voluntaria es ejemplo
a seguir para varios jóvenes guatemaltecos.

por Roberto Villalobos
Marina Chacón tiene 26 años y es la coordinadora de voluntariado de Fondo Unido (FU), organización privada de desarrollo sin fines de lucro y con proyección social.
Su actitud transmite mucha energía y entusiasmo. Es expresiva con las manos al momento de hablar; ha madurado más allá de lo que podría indicar su edad y está muy comprometida y apasionada con su trabajo. De hecho, afirma, su vida familiar y social casi no existe. “Muchas veces trabajo durante la madrugada”, dice.
Sus ojos verdes reflejan la esperanza por mejorar a esa Guatemala que muchos prefieren ignorar, un país donde abunda la inseguridad, el analfabetismo, el machismo y las enfermedades crónicas, asegura.
Le desagrada quedarse de brazos cruzados ante los problemas; en cambio, toma partido en el asunto y echa manos a la obra.
Con esa determinación y fortaleza que la caracterizan, hoy impulsa 18 proyectos de desarrollo social y 25 de voluntariado en varias instituciones y comunidades del país, en los cuales coordina a aproximadamente dos mil 700 voluntarios de 75 empresas afiliadas a FU.
Por su compromiso con la sociedad, Marina fue nominada por la compañía ExxonMobil para asistir al programa Promoviendo mujeres líderes para el desarrollo, del Centro para el Desarrollo de Actividades de las Poblaciones, en Río de Janeiro, Brasil, donde adquirió conocimientos que ahora puede implementar en su labor diaria.
Este complicado mundo de voluntarios mueve su vida y está encantada de encabezar uno de estos movimientos.
¿Qué significa ser un voluntario?
Es el amor a servir de manera desinteresada. Ser un voluntario no significa quebrar piñatas, partir pasteles o dar dinero, sino preocuparse por los demás y aportarles conocimientos y desarrollar sus capacidades que los harán ser útiles. Esta actividad es una constante insatisfacción divina.
¿Por qué es una insatisfacción?
Porque si usted está satisfecho con su entorno, con su vida, deja de preocuparse por las cosas. Siempre debe haber algo más por hacer, porque el hecho de que usted esté bien no quiere decir que los demás también.
¿Siempre tuvo el espíritu por esta labor?
Sí; esto me motiva. Antes, también trabajé en servicio social, así como en planificación de prevención de desastres. Viví el Stan de cerca cuando laboraba en el Ejército.
¿Qué es lo más difícil de su trabajo?
Mucha gente da dinero para apoyar proyectos de nutrición, educación o integración familiar, pero esa es la parte ordinaria. Lo más difícil es involucrar a los donantes en las actividades que se llevan a cabo. El voluntariado no se trata de dar dinero, y luego pensar que se está contribuyendo con el país, sino que hay que ejecutar y ayudar en forma directa. Además, cuando se conoce a los beneficiarios, uno se convierte en un agente de cambio. Puedo decir también que es muy complicado lograr que la gente done su recurso más preciado: el tiempo.
¿Cómo logra que la gente se involucre?
Lo que hago es compartir mis experiencias de voluntariado con mi familia, amigos y con los que estén a mi alrededor. Procuro incentivarlos para que ayuden una sola vez y que se den cuenta de que el cambio está en sus manos.
¿Con una vez es suficiente para cambiar de perspectiva?
Con esa única vez, una se da cuenta de que los ayudados somos los voluntarios, porque aprendemos a ser mejores seres humanos, con una consciencia social y con conocimiento de una realidad de nuestro país diferente a la de los demás. Así que no importa qué motivaciones tenga la gente para ir, lo importante es que esté allí.
¿Cuáles son las ventajas del voluntariado en la cultura interna de una empresa?
Mejora el ambiente laboral, el desempeño e incentiva el trabajo en equipo.
Usted es una líder en su campo, ¿le ha sido difícil en un país como Guatemala?
Sí, y mucho. Aún cuando una mujer tenga la experiencia o la capacidad técnica, el hombre no lo considera así. Y se lo digo por los cinco años que trabajé en el Ejército y en otros lugares.
No se dan cuenta de que la mujer promueve el desarrollo de los países; son ellas las que invierten en su familia, en su comunidad.
¿En qué proyectos de voluntariado trabaja?
Fondo Unido gira alrededor de cuatro ejes: educación, salud y nutrición, ayuda humanitaria e integración familiar. En esas categorías participamos en labores que van desde llevar a niños al museo hasta construir escuelas, remozar casas y reparar mobiliario o el sistema eléctrico. Además, la institución aporta becas escolares, dota de estufas ahorradoras de leña a las familias, instala filtros de agua, etcétera.
¿Regalan o venden los proyectos a la gente de las comunidades?
En Guatemala se necesita crear sentido de pertenencia y no regalar las cosas. Por ejemplo, a Fondo Unido le cuesta más o menos Q1 mil cien cada estufa ahorradora de leña, pero la entregamos en unos Q300 a la gente, que puede cancelar en varios pagos, sin intereses.
Pero esto tampoco se trata de que se la demos a cualquiera porque sí, sino que hacemos un estudio económico previo en la comunidad y, como requisito esencial, se solicita el pleno interés de las familias, ya que después recibirán capacitación y seguimiento; a ellos también les debe costar.

Marina Chacón durante la instalación de estufas ahorradoras de leña, en Sumpango, Sacatepéquez.
Entonces, ¿qué piensa de los proyectos de ayuda que impulsa el Gobierno?
No los conozco a profundidad, pero sí puedo decir que nosotros no le regalamos el dinero a ninguna familia ni los proyectos están condicionados. Nosotros creemos en el cambio de conducta por convicción, y no por condición. Por ejemplo, esperamos que los padres se motiven a llevar a sus hijos a la escuela, porque le ofrece una mejor infraestructura y más oportunidades de desarrollo, pero no que los lleve a cambio de equis cantidad de quetzales, porque cuando se los deje de entregar, va a dejar de llevar a los niños.
Otra diferencia con el Gobierno es que aquí se sabe el nombre y apellido de las personas beneficiadas y cuánto se invierte.
¿Qué es lo que más le ha impactado?
Hay muchos casos. Uno de ellos es el de Panchito, quien solo tiene un año y siete meses; vive en el Hogar Madre Anna Vitiello, para niños con VIH. Fue prematuro y tenía muchos problemas de salud: no crecía, no toleraba las comidas, tenía complicaciones en los intestinos, padecía bronconeumonía... Lo conocí cuando recién llegó a ese centro, y de inmediato me sentí muy apegada a él; me renovó como ser humano. A partir de entonces, me nació un deseo muy grande que ni yo lo entiendo: quiero adoptar a un niño.
Sé que no tengo edad para ser mamá, no tengo pareja, no tengo nada, pero quiero hacerlo. En mi interior me pregunto: “¿Por qué deseo cuidar un niño que no conocía, que no engendré?”
—En ese momento, a Marina se le quiebra la voz, sus ojos se llenan de lágrimas y da un suspiro—.
Hace algunas semanas me dijeron que la mamá biológica de Panchito estaba por morir a causa del VIH-sida, y pidió que le llevaran a su hijo, pues no lo conocía. Al platicar con ella, me enteré de que ya quería aprender a caminar, pese a que se miraba delgadito y chiquito; es alguien que ha luchado.
Además, sentí una gran emoción al saber que la última prueba de VIH que le hicieron al niño salió negativa, gracias a los retrovirales y tratamiento especial que su mamá llevó antes de que naciera.
Panchito ha cambiado mi vida. Sin embargo, mi familia me pregunta: “¿Por qué no tienes tus propios hijos?”, y yo les respondo: “Si hay un montón de niños sin padres, ¿por qué tendría que ser egoísta como para no ser yo su mamá?”.
En Guatemala también impresiona la alta tasa de desnutrición.
He hablado de la gravedad del problema desde hace más de año y medio. Recién regresé al país —permaneció un mes en Brasil—, en agosto, me enteré por los medios de comunicación de que varios niños habían muerto por desnutrición en el oriente; casi lloraba, pero tampoco podía quedarme sentada para platicar de eso, sino que tenía que hacer algo. Días después tuve varias reuniones y expuse el tema a mis jefes, pero ellos no le daban la importancia debida. De tanto darle agua al cántaro que lo revienta, y por fin me dicen: “Mire, véngase a mi oficina y planifiquemos algo”. Así inició un nuevo proyecto que, en la actualidad, funciona en San Yuyo, Jalapa.
De esto hay que aprender que la precariedad o las necesidades de otros también son problema de nosotros.
¿Cuánto tiempo le dedica a sus actividades de voluntariado?
¡Todo! Esto del voluntariado es mi desayuno, mi almuerzo y mi cena. Trabajo en la oficina entre semana y es frecuente, también, las mañanas y tardes de los sábados y domingos. A veces hay actividades de voluntariado hasta tres días consecutivos; en ocasiones, cuando estoy fuera de la capital, me quedo sin acceso a Internet, sin señal de teléfono y, cuando regreso a la oficina, encuentro ciento y pico de correos electrónicos por día, y todo lo tienes que resolver.
Tampoco me da hambre; son las siete de la noche, y si no me avisan, no como. También me llaman para regañarme y decirme: “¡Sal de allí!”
¿Le da tiempo de dormir suficiente?
No duermo mucho. Es cansado; a veces una siente que ya no quiere, que cuesta mucho convencer a la gente. Una se pregunta: “¿Por qué luchar si los demás no hacen nada, aún siendo esto una causa por el bien común?”. A veces me siento altamente frustrada, pero siempre ocurren milagros que te reactivan, como la vez que me llamaron de una escuela a la que fuimos como voluntarios: al salón de primero primaria le pusieron mi nombre. Claro, no es un edificio, un hospital o una calle, pero los sencillos detalles, en la vida, son los que cuentan.
¿Involucra a su familia en sus actividades?
Hay un evento que se llama la Feria de los sueños, en la que se celebra la Navidad a unos dos mil niños. Antes de esto, pedimos que nos manden cartas diciéndonos el sueño que quisieran hacer realidad. Yo pongo a Diana Laura —mi hermana de 14 años— a leer todas las cartas. Ella llora con algunas y me dice: “Mirá, esta niña lo que quiere es estudiar”. Y es que nosotros, aquí en la capital, por lo regular no nos percatamos de las necesidades que hay afuera, y por eso es tan importante que la gente tome consciencia y dé ayuda en lo que pueda.
Percibo mucha emoción cuando habla de su trabajo. En definitiva, es su pasión.
Claro, pero mi familia no lo piensa así. Me dicen: “Te dedicas a todos, menos a nosotros”. Mi papá me molesta y me dice: “Hagamos un voluntariado para limpiar la casa”.
¿Vale la pena todo el esfuerzo?
Sí.
¿Se lo agradecen?
Muchas veces no, pero sí vale la pena, porque sé que hago lo correcto, que estoy sembrando. Pero si lo quiere ver de esta manera, no vale la pena porque no hace ganar más dinero ni va a hacer que se pase más tiempo con la familia. De todo esto, lo importante es que va a cambiar usted.
¿Qué enseñanza le ha dejado el voluntariado?
Que el desarrollo humano no está en escalar posiciones en una empresa ni tener más títulos o viajar al extranjero, sino en que cada uno conozca sus capacidades y supere sus limitaciones para salir adelante.
- Marina Del Carmen Chacón Hernández nació en la Ciudad de Guatemala, el 17 de abril de 1983.
- Estudió licenciatura en Ciencias de la Comunicación para el Desarrollo, en la Universidad Rafael Landívar.
- Del 2001 al 2004, laboró en el Ejército de Guatemala en áreas de informática e información. En el 2006, regresó a esa institución para trabajar en el departamento de Prensa.
- Desde el 2007 se desempeña como coordinadora de voluntariado de Fondo Unido de Guatemala —United Way—, organización que impulsa proyectos de desarrollo social en todo el país.
- Entre los proyectos que atiende se encuentran el de fabricar y entregar estufas mejoradas y purificadores de agua a familias de la provincia, el programa para incentivar la estimulación temprana en niños de cero a 6 años, y otro que se denomina Esperanza Juvenil: un establecimiento educativo que beca a niños de comunidades.
- www.liveunited.org.gt
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