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Guatemala, 3 de julio de 2009

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¿Cómo explicaremos a los jó- venes y niños de nuestro país que las exuberantes selvas y los magníficos bosques que una vez cubrieron los suelos guatemaltecos seguirán desapareciendo inexorablemente?

Hace solo unas décadas la mayor parte del Petén y grandes extensiones de tierra en otros departamentos como Alta y Baja Verapaz, Huehuetenango, San Marcos, Quiché e Izabal mantenían sus ecosistemas originales. Hoy, fuera de las áreas protegidas, no queda ya casi nada que pueda llamarse natural. Enormes extensiones de caña de azúcar, palma africana, banano, melón, café, maíz, hule, pino, helechos y otros monocultivos ocupan el lugar de los bosques y las selvas. Este no es un problema que afecta exclusivamente a Guatemala; el proceso de destrucción del mundo natural se ha dado —en diferentes grados— en todos los países del globo terrestre.

Lógicamente, los seres humanos necesitamos utilizar tierras y agua para satisfacer nuestras necesidades básicas. Desde que el hombre descubrió la agricultura ha sido así. La población humana ha crecido; así también ha aumentado el tamaño del territorio que se necesita para producir alimentos, materias primas y otros productos. Para poder practicar la agricultura es necesario eliminar lo que hubiere sobre el terreno que se va a utilizar. Por esa razón se han destruido ecosistemas naturales en casi todas partes del mundo. Poco a poco, el ser humano fue cambiando la faz del planeta, un planeta que parecía tener recursos ilimitados. Ahora es evidente que el sistema de vida que se desarrolló sobre la Tierra no puede soportar el nivel de explotación y maltrato al que está siendo sometido. La alteración desmedida de la naturaleza está causando, entre otras cosas, una crisis climática sin precedentes.

No sé si sea inevitable la destrucción de la naturaleza por la especie humana, pero sí es absurda porque somos parte de la naturaleza y absolutamente dependientes de ella para sobrevivir. Parece que en los humanos del siglo XXI —criaturas modernas, no naturales— se ha desarrollado la reverencia al dinero, no a la vida. La avidez de algunos no tiene límite, tampoco su hambre de poder.

Ahora ya no se utiliza la tierra solamente para cultivar alimentos y satisfacer necesidades básicas. En Guatemala las últimas selvas peteneras se queman para extraer petróleo o sembrar palma africana. ¿Qué es más importante: tener combustible para mover motores o conservar selvas que producen oxígeno? Los últimos bosques nubosos de las Verapaces se eliminan para cultivar plantas ornamentales. ¿Qué es más importante: exportar hojas verdes para adornar casas y hoteles en países con climas inhóspitos o mantener bosques que producen agua? Esto nos está sucediendo aquí y ahora: ¿absurdo? ¡Sí! ¿Inevitable? ¡No!

Todavía podríamos impedir la destrucción de lo poco que queda de lo que fue nuestro fabuloso patrimonio natural, pero se requeriría de un milagro para cambiar la mentalidad imperante, según la cual todo se mide en términos de dinero. Los bosques y las selvas, a los que se considera como improductivos, constituyen nuestro tesoro más valioso porque no siendo propiedad de nadie nos regalan las bendiciones que —hasta ahora— no habían tenido precio y se consideraban derecho de cualquier criatura viviente, como el aire que respiramos.

Hemos llegado al tiempo en que se le pone precio a todo. Tristemente vamos a salir a “negociar” el oxígeno que producen nuestros bosques, como si con dinero se pudiera comprar la vida. El dinero no soluciona todo. La vida se valora, se ama y se defiende, en lugar de buscar cómo venderla. Pero estos son los signos de nuestros tiempos.

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