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Guatemala, 14 de mayo de 2008

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Elvira se adelantó a la ma- drugada. Con los ojos aún cerrados y sin toparse con los pocos muebles que conocía de memoria, tomó un balde de plástico azul y salió a la pila del patio comunal. Logró llenar la mitad después de hacer el turno número cuatro.

En el patio yacían olvidados unos macetones de cemento con flores marchitas y una jaula con su canario triste. “Mataron a la hija de Lila”, le dijo la mujer del turno número tres. Elvira no sintió dolor. Volvió a su cuarto arrastrando las chancletas de hule, concentrada para no derramar ni una gota de lo que tenía que durarle hasta la mañana siguiente. Los niños renegaban la entrada de la mañana.

Ella intentó reírse para contagiarlos con un ápice de vida. Encendió la estufa para calentar el agua en una jarrilla de peltre, mientras se vestía igual que todos los días: con una especie de licra color naranja y una blusa café, escotada. Sacó de la cómoda una caja con pocos billetes. Los últimos, al parecer. “De seguro que hoy sí me pagan”, dijo a los niños que aún estaban sumergidos en un sueño de ajenjo. Sobre la llama débil de la estufa recalentó cuatro tortillas y echó en el agua hirviendo medio sobre de café. Los niños, aún amodorrados, dieron dos tragos tibios con su tortilla en la mano. No había más.

Elvira quitó la tranca de la puerta y caminó por el corredor de la pensión, jaloteando a los hijos. Se escuchaban llantos que venían del zaguán. Los niños preguntaron asustados, y ella les dio una respuesta fría y a la carrera: “Mataron a la hija de Lila”. Se infiltraron entre la bulla para ver el cuerpo desparramado en el asfalto aún húmedo y frío de la mañana recién abierta. Unos pies pequeños salían de la sábana, también la mano izquierda con uñas pintadas de escarlata, como queriéndose agarrar de la vida en vano. Había un zapato de tacón derribado a su lado. “¡Apenas tenía 14!”, gritaba desconsolada una mujer.

Elvira no podía pagar “impuesto” esta vez, así que, evadiendo la mirada mortal del recaudador, se escabulló entre el alboroto, jaloteando de nuevo a los niños que presenciaban el espectáculo matinal.

Como a las 4 recogió a sus hijos para llegar al cuarto aún con luz. Esta vez logró conseguir dos sopas instantáneas y cinco tomates de cocina. No le pagaron.

Caminaron dos horas para ahorrar la camioneta y a eso de las 6, mientras cruzaban la calle de su cuadra, vio la gran valla publicitaria que decía: “La vida es lo que tú quieres que sea”. La imagen de una rubia posaba su cuerpo voluptuoso. Elvira se rio por primera vez en el día. La ironía siempre le gustó.

Cuando sintió el primer golpe, intentó disimularlo. Todo por no asustar a los niños. El tiro en el abdomen ya no pudo encubrirlo. Elvira cayó boca arriba.

Entonces el hilo de sangre espesa inició su recorrido, como si tuviera vida propia: dibujó el contorno de su cuerpo tumbado, pasó por la orilla del piso cuadriculado, dejando huella en las grietas hasta tocar el zapato de uno de sus hijos; como si quisiera subir por sus piernas y tocarle el corazón. Los niños salieron corriendo hacia el cuarto oscuro.

Elvira quedó tendida mientras se acumulaban los curiosos. Sus ojos todavía abiertos se dirigían a la valla publicitaria: “La vida es lo que tú quieres que sea”.

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