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Guatemala, jueves 24 de mayo de 2007

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Opinión

ALEPH
La dinocracia guatemalteca

Los dinócratas no le van dejando al pueblo más memoria que la del terror.
Por: Carolina Escobar Sarti

Si democracia significa gobierno del pueblo, ¿dinocracia podría significar el gobierno de los dinosaurios? A primera vista, sí. Sin embargo, si nos vamos por la etimología de la palabra dinosaurio, veremos que “dino” significa terrible y “saurio” lagarto.

Así que la dinocracia significaría realmente el gobierno de los terribles. Para mí, tanto la primera impresión como la segunda que nos forjamos alrededor de la palabra dinocracia son válidas. Yo le llamo dinocracia al gobierno de los terribles lagartos que manejan Guatemala.

Hay dinocracia en un país donde los partidos políticos ni siquiera tienen en sus agendas la inclusión de un número sustantivo de mujeres. Somos el país centroamericano con menos mujeres en el Congreso de la República; apenas 14 de los 158 congresistas que integran el Organismo Legislativo son de género femenino, lo cual representa un 8.8 por ciento del total.

Todos los demás países del Istmo duplican o triplican esa cantidad, no digamos otros países de Latinoamérica. Costa Rica, por ejemplo, tiene un 38.6 por ciento de participación femenina en el Congreso, y Argentina, un 34.0 por ciento.

Por otra parte, en Guatemala apenas hay un 2.7 por ciento de participación femenina en las alcaldías, casi cuatro puntos menos que en el resto de la región latinoamericana. Sin embargo, cuando se trata de votar, nosotras aportamos aproximadamente un 45 por ciento del voto total.

En una verdadera democracia, la ciudadanía no se ejerce sólo a través del voto, sino sobre todo a través de la participación equitativa y de iguales oportunidades de desarrollo. Por cierto, todas las cifras anteriores revelan hechos, no simplemente una postura políticamente correcta.

Hay dinocracia en un país donde un chasquido hace desaparecer documentos de la Controlaría General de Cuentas, del Ministerio Público y el Organismo Judicial, que comprometen a políticos corruptos que luego son premiados con una embajada o un puesto en otra institución del Estado.

Y dinocrático es un presidente como el nuestro, que en su momento usó tácticas dilatorias que parecían dirigidas a proteger lo que a todas luces sonaba a corrupción, tal como sucedió con ese fraude de Q31 millones cuya denuncia se perdió y que fue protagonizado en el 2004 por el entonces ministro y su viceministro en la cartera de Gobernación.

En una democracia real, esto jamás sucedería, porque la transparencia en el uso de los fondos públicos es un deber de los políticos y un derecho de la población.

Hay dinocracia cuando nuestra geografía política se convierte en el territorio ideal para escudar a ladrones, genocidas, corruptos, asesinos, narcotraficantes e incapaces que no gobiernan en nombre del pueblo. No sólo porque las leyes e instituciones del Estado se convierten en sus cómplices, sino porque muchos de ellos están arrodillados frente a los poderes fácticos, sean éstos legítimos o paralelos.

Además, los dinócratas no le van dejando al pueblo más memoria que la del terror. Al respecto, hay una cita de Jacques Le Goff que me gusta. Dice: “La memoria ha constituido un hito importante en la lucha por el poder conducida por las fuerzas sociales.

Apoderarse de la memoria y del olvido es una de las máximas preocupaciones de las clases, de los grupos, de los individuos que han dominado y dominan las sociedades históricas”.

Buena parte de nuestra clase política le apunta más a una perniciosa dinocracia que a la democracia. Reciclan no sólo caras y mañas, sino discursos jurásicos como el que aparece en una de las páginas de los periódicos con la foto de Mario Sandoval Alarcón.

Y en un acto suicida, no sólo se constituyen en malos ejemplos para la juventud, sino que la marginan del ejercicio político “serio”. No es que todo lo joven sea mejor y todo lo viejo haya de quedar fuera de circulación; es que las ideas, al igual que los discursos y las acciones, han de revisarse constantemente para acompañar los procesos de cambio de una nación. Aceptémoslo, jamás hemos vivido en democracia.

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