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DE MIS NOTAS La burbuja
El sermón de la montaña debería estar más cerca que el envoltorio de salsa ketchup y las papas fritas. Pero yo sigo en mi burbuja, acomodadito y calentito, y me muevo, vivo y existo como si viviera en otro país.
Por:
Alfred Kaltschmitt
Vivo en una burbuja, en la cual me desenvuelvo y desarrollo todos los días.
Mi burbuja es mi realidad, incluso de noche. Mi casa, mi dormitorio, mi cama y aun mi baño son mi burbuja.
Por la mañana, después de desayunar, continúo en ella al dirigirme en mi automóvil hacia el trabajo.
Y aun mientras estoy en la oficina y después de ella, cuando me desplazo dentro del entorno de mis actividades regulares, vivo en mi burbuja.
Para mí, la palabra pobreza es un concepto abstracto que, a lo sumo, evoca ciertas imágenes de mendigos y niños sucios y barrigones; de casuchas de cartón forradas de plástico y zopilotes revoloteando en lontananza; de desagües a flor de tierra y moscas encima de platos sucios.
Todo eso es la pobreza para mí. Pero no conozco la miseria.
La miseria sólo la conoce quien la vive. La miseria es el cansancio de la lucha por la supervivencia diaria.
Es la desesperación por la carencia de una medicina para el hijo enfermo que, de todos modos, se muere.
Es el grito interno de un alma que clama por una luz de esperanza, y no sólo no la encuentra, sino que se inclina más su cuesta.
Miseria es hostilidad y discriminación sin causa ni motivo, más que el de ser miserablemente pobre.
Eso es miseria, y en Guatemala la miseria le está ganando a la pobreza.
Porque, como dijera en una ocasión un político chileno –al ser cuestionado de por qué en Chile, a pesar de la recuperación económica, no se había erradicado todavía la pobreza–, “pobreza sí hay; miseria, ya no” –contestó.
Lo que en efecto decía el controvertido líder es que existe una diferencia entre ser pobre y ser miserable.
El pobre come y sobrevive, y satisface sus necesidades mínimas.
El que vive en la miseria, el miserable, no sólo no sobrevive, sino que muere.
Pero no muere sino lentamente, con el amargo agregado de morir con un sufrimiento en el cual la desesperanza es amiga inseparable.
En Guatemala alcanzamos ya los 14 millones de habitantes. Es lamentable admitirlo, pero es un hecho innegable que la calidad de vida en la última década ha disminuido en forma dramática en nuestro país.
Siempre hemos tenido pobres, mas nunca hubo tanta miseria como ahora.
Somos 10 millones y tan sólo dos millones estamos por encima de la miseria.
Y es motivo de preocupación que estos indicadores socioeconómicos se manejen con tan fría indiferencia, casi con el hábito de la costumbre, sin la previsión sabia que toma en cuenta la bomba de tiempo que, más temprano que tarde, tendremos que enfrentar.
Entonces será tarde para evitar el pago de la factura. Y será, creámoslo, mucho más cara que si empezáramos a pagarla desde el día de hoy.
Salgo de mi iglesia lleno de inspiraciones cristianas, que me acompañan hasta la cola del fas fud...
El sermón de la montaña debería estar más cerca que el envoltorio de salsa ketchup y las papas fritas. Pero yo sigo en mi burbuja, acomodadito y calentito, y me muevo, vivo y existo como si viviera en otro país.
Como si no existiera esa realidad; ajeno al grito del miserable; sordo a su angustioso pedido de auxilio.
Y en vez de involucrarme –a través de organizaciones no gubernamentales y de las mil maneras más de las que nos hacemos los locos todos los guatemaltecos (qué buenos somos para criticar y descalificar)– en ayudar a este mi prójimo, que clama por mi mano; sigo viviendo, tranquilo, vestido, alimentado, educado, protegido dentro de esta... mi burbuja.
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