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EDITORIAL Confianza como factor político
Los partidos, a consecuencia de la importancia que tienen para el desarrollo político de una comunidad, están llamados a cuidar y a pensar en las consecuencias que sus actitudes y decisiones tienen entre sus seguidores y entre los ciudadanos en general.
Esto es fundamental en sociedades como la nuestra, donde el alto porcentaje de jóvenes hace que el prestigio de la democracia se erosione conforme ocurren hechos que solamente se pueden explicar si se introducen elementos como la burla, la traición, la ambición desmedida, y una larga serie adicional.
La defenestración de Francisco Arredondo de la lucha electoral, decidida por la cúpula del Partido de Avanzada Nacional (PAN), es un hecho imposible de justificar ante la opinión pública, por muchas razones, entre las que sobresale una muy simple: se trataba de una candidatura en firme, a la cual sólo le faltaba ser aprobada por la asamblea general.
Esto, en los partidos guatemaltecos, es un mero trámite. Por eso es que la propaganda del aspirante nunca fue cuestionada ni mucho menos rechazada por el partido, que permitió el uso del símbolo.
La decisión de cambiar a la última hora al aspirante, luego de unos pocos días de dudas respecto de quién ocuparía la candidatura, se convirtió en una de las acciones políticas más dignas de rechazo en los últimos años. Si el comité ejecutivo había llegado a la conclusión que Arredondo no les garantizaba ninguna posibilidad de llegar a un puesto digno dentro de la lucha electoral, deberían habérselo hecho saber.
Pero con lo que ocurrió, además de convertirlo en víctima, se le causó un gran daño al partido y, en general, al sistema partidista del país.
Bautizar de “golpe de Estado” a lo ocurrido el domingo no constituye una exageración ni una forma de molestar a nadie. Constituye una realidad palpable. Es buen momento para meditar sobre qué consecuencias tendrá este cambio tan inesperado.
Al interior del PAN, se abren muchas dudas acerca de la corrección de las acciones de su dirigencia. Hacia fuera del partido, provoca asombro y rechazo entre los ciudadanos, sobre todo aquellos que no tienen buena opinión de la clase política.
Pero, entre estos ciudadanos, son los jóvenes –los que han votado una vez o lo harán por primera vez en estas elecciones– el grupo donde los efectos negativos pueden ser más fuertes, no porque tuvieran intención de votar por ese partido ni por su anterior candidato, sino porque reciben el mensaje de que en política no existe ningún tipo de lealtad, y ante ello no puede haber confianza. Todo se vale y, por tanto, caben la corrupción, la irresponsabilidad y cualquiera otra de las lacras que afronta el sistema político actual.
Por eso, las consecuencias de la acción de la dirigencia panista alcanzan a todos los partidos y afectan al porcentaje de personas que deseen ir a votar. Quien no lo vea, está ciego o simplemente no lo desea ver. El PAN se convierte nuevamente en el centro de un hecho político que sólo puede ocurrir en países como el nuestro, con palpable subdesarrollo en todos los órdenes.
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