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Guatemala, martes 12 de junio de 2007

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Opinión

RERUM NOVARUM
Salvación y justicia

Sólo el encuentro con Dios puede dar plenitud a una vida.
Por: Gonzalo de Villa

Si hay una palabra clave en el cristianismo es cabalmente la palabra salvación. El plan de Dios es un plan de una creación buena y de oferta de salvación para todos los que la quieran aceptar. Esa salvación comienza a realizarse aquí en la historia, pero alcanzará su plenitud en el futuro que Dios nos reserva.

A lo largo de la historia del cristianismo podemos encontrar dos posiciones, que cuando son expresadas con extremidad, conducen a visiones alejadas de la sana doctrina. Una, de corte más espiritualista, presenta la salvación como algo que sólo en el futuro podrá ocurrir mientras que, aquí en la tierra, no nos queda más que soportar los sufrimientos del tiempo presente.

Nada que hagamos aquí en la tierra sería el extremo corolario de esta posición, nos podrá traer alegrías sustentadas en Dios aquí en este mundo. La otra posición subrayará tanto el carácter terrenal de la construcción del reino de Dios que dejará en penumbra la afirmación sobre la plenitud que ocurre sólo al final de nuestros días y, más en rigor, al final de los tiempos.

La liberación de los males mundanos como horizonte de lucha y de esperanza oscurece entonces el sentido de plenitud de la salvación.

El sentido cristiano de la salvación apunta sin duda al esfuerzo necesario y urgente para otorgarle dignidad y decencia a la vida humana de todos los habitantes del planeta. La búsqueda de una sociedad más fraterna y en que las relaciones humanas pasen por el respeto a los más elementales derechos humanos de todos es tarea cristiana que está ordenada a la incoación de la salvación.

El plan de Dios para la historia no pasa sin duda por la aceptación de los crímenes y de los atropellos a la dignidad humana. Pero también sabemos, como lección de la historia, que ha habido incontables seres humanos que han vivido con dignidad y con nobleza aun en las más adversas circunstancias.

Dios no tiene que esperar a que los seres humanos terminemos de arreglar el mundo para darles a los más desfavorecidos de la historia un sentido profundo de salvación en vida.

Luchar por la construcción de un mundo más justo y fraterno es un imperativo cristiano, pero lo es también saber que, al final, sólo Dios puede darnos el sentido de plenitud a nuestra vida.

Una de las tareas más emotivas, pero también más gratificantes que nos puede tocar a los sacerdotes, es acompañar a otros seres humanos en el final de la vida. Hace poco más de un mes me tocó asistir a una niña de ocho años, enferma de un cáncer terminal. Rodeada por sus padres y pocas horas antes de fallecer, la experiencia de estar junto a ella y orar con ella me hizo preguntarle si estaba ya preparada para el gran viaje.

Me dijo que sí. En sus cortos años intuía que, al final, sólo el encuentro con Dios podía darle plenitud a una vida que, desde otros parámetros, uno diría que se truncaba muy pronto. Para ella hubo salvación en la tierra en un hogar bueno y con unos padres amorosos, pero la plenitud de la salvación, para ella como para todos, sólo podía alcanzarla en el encuentro definitivo con Dios.

La salvación, entonces, será siempre iniciativa de Dios, pero la libertad, el corazón y la inteligencia que por Dios nos son concedidos nos permiten así como nos exige pasar haciendo el bien por la vida; bien en el ámbito de nuestra vida privada y de nuestras relaciones personales, pero bien también en la construcción de una mejor sociedad, más decente y más fraterna.

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